viernes, 8 de octubre de 2010

Cabiria (Giulietta Masina, Las noches de Cabiria)

Cuando veo “Las noches de Cabiria” (“Le notti di Cabiria”, 1957) se me ocurre la frase que Melvin (Jack Nicholson) le lanza a Carol (Helen Hunt) en la película “Mejor... imposible” (1997): “Tú haces que quiera ser mejor persona”. Eso es lo que me inspira la infeliz pero adorable Maria Ceccarelli, alias “Cabiria”, un personaje siempre abocado a la tragedia, una “pequeña criatura que quiere dar amor y que vive por amor”, como explicó el director de la película, Federico Fellini.
Cabiria, a quien da vida Giulietta Masina, es una prostituta de los bajos fondos de Roma. Sus fracasados intentos por cambiar de vida no han logrado doblegar ni su ánimo ni su alegre vitalidad. Lo observamos desde el comienzo de la película, cuando su supuesto novio intenta asesinarla en el río para quedarse con su dinero. La forma con que afronta la tragedia, la rabia que siente y la discusión tan infantil que mantiene con su amiga Wanda (Franca Marzi) nos permiten deducir que es uno más de los muchos desengaños amorosos que ha sufrido.

Cabiria, orgullosa y vitalista.

Pero ella está acostumbrada a levantarse de inmediato tras una caída. Es divertida, soñadora, ocurrente y muy, muy orgullosa. “¡Yo no soy ninguna soplona!”, grita con su mirada altiva a quien quiera oírla cuando Wanda le sugiere que denuncie a su novio. Sola, por la noche, Fellini nos muestra su soberbia, su dolor, su tristeza y su rabia en apenas dos minutos magistrales.
Más tarde, cuando acude al lugar de encuentro con las demás prostitutas, su cuerpo se deja llevar por el sonido de un mambo con una comicidad que nos recuerda a Chaplin. Ha asimilado ya la tragedia, la vida continúa para ella.
“Las noches de Cabiria” se estructura en pequeños episodios, cada uno con una fuerza propia. En la lujosa zona de Vía Veneto conoce al famoso actor Alberto Lazzari (Amedeo Nazzari), una especie de Errol Flynn de vuelta de todo. Siempre orgullosa, le acompaña a un club nocturno donde damas sofisticadas y estiradas la estudian con altivez. Ella, como no podía ser de otra manera, les devuelve la mirada como si fuera la princesa de un cuento de hadas y, de nuevo al sonido del mambo, no puede evitar bailar con su cómico desenfado.

“¿Qué se ha creído usted? Yo tengo mi casa, con agua, luz y hornillo de petróleo, con todas las comodidades, no me falta de nada. Tengo hasta termómetro”

El episodio de la Virgen del Divino Amor es mucho más revelador. Cabiria se arrastra con devoción desesperada hacia ese mercado felliniano de iconos religiosos, sacerdotes exaltados y fieles al borde del colapso. “Virgencita mía, haz que cambie de vida. Concédeme esa gracia”, repite. Pero la devoción deja paso a la frustración: “¡No hemos cambiado! ¡No hemos cambiado ninguna! Seguimos siendo lo mismo”, les grita a sus compañeras.
La verdadera Cabiria, la María que se esconde tras la apariencia de una prostituta, la encontramos en la espléndida escena de la sesión de hipnotismo, a la que acude movida por la curiosidad y el aburrimiento. Bajo los efectos de la hipnosis descubrimos a una mujer llena de dulzura y delicadeza, que se deja seducir por un imaginario hombre llamado Óscar. “¿Entonces es verdad, me quiere usted? ¿Habla de veras? ¿No trata de engañarme? ¿Me quiere usted de verdad?”.
Tras la sesión aparece Óscar D’Onofrio (François Périer), un individuo a quien la actuación de Cabiria ha conmovido. Ella recela al principio, pero su galantería y su respeto acabarán por ilusionarle y empieza a creer que ha encontrado el amor que busca. Cuando Óscar le pide en matrimonio no tarda en contárselo a Wanda y en vender su casa y todas sus pertenencias para marcharse con él.

Cabiria vuelve a sonreír.

Quien no haya visto aún la película quizás no debería leer esto, porque hablar de “Las noches de Cabiria” sin mencionar el bellísimo y emotivo final no tiene sentido. El momento en que ella descubre las verdaderas intenciones de su supuesto amado nos deja un nudo en la garganta: no se puede interpretar mejor. De la euforia pasa a la desolación al ver el rostro desencajado y sudoroso de aquel miserable que va a romperle el corazón. “¡Mátame, mátame por favor! ¡Tírame al agua, ya no quiero vivir!”, repite en la sobrecogedora escena. 
Hundida y humillada una vez más, regresa de noche. Varios jóvenes que cantan y ríen con franca felicidad le abordan por el camino. Estamos ante uno de los más conmovedores finales de la historia del cine. La mágica música de Nino Rota y la increíble mirada de Giulietta Masina me reafirman en lo dicho al principio: Ella hace que quiera ser mejor persona.

(Aviso: Este video es el final de la película, abstenerse aquellos que no la hayan visto todavía)



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